Camino mucho por mi barrio en Berlín, porque siempre encuentro algo nuevo: un grafiti, una puerta pintada de un color distinto o un detalle. Un día vi una vidriera con un nombre: LujanCambariere.com Coach, Curator & Journalist specialized in Latin American Craft & Design. Como ceramista que soy, no lo dudé y la busqué. No me imaginé jamás la fuerza de la persona y la profesional con la que me iba a encontrar.
Es una charla que me marcó, personal y profesionalmente. Porque a veces uno necesita escuchar las cosas básicas de la vida para salir de la rosca y volver al origen. No sé si ella lo sabe, pero después de esta charla y de repasarla para su edición, me quedó clarísimo que su misión va más allá de darle al diseño latinoamericano el reconocimiento que merece: su trabajo nos devuelve la identidad.

Luján Cambariere en Berlin
Trayectoria le sobra: curadurías en el MALBA, llevó diseño argentino al London Design Festival, notas para AD Latinoamérica, años como editora de la revista Barzón, dos libros publicados y un tercero en camino. Luján lo abarca todo.
El amor la trajo a Berlín y, con la mudanza, apareció esa pregunta que nos hacemos casi todos al migrar: ¿Qué hago acá? No solo desde lo geográfico, sino desde el sentido de la vida. Fueron las palabras de su pareja, Matt, las que la ayudaron a destrabar el camino: “Quizás es porque esa etapa ya la cumpliste y ahora te toca hacer algo distinto con todo ese aprendizaje. En lugar de ir vos a las comunidades, tal vez ahora toque traer esos proyectos acá”.
Ese cambio de perspectiva lo transformó todo. “No vine a perder el tiempo; voy a hacer esta exhibición”.
El resultado: hasta el 27 de septiembre se exhibe en el GRASSI Museum de Leipzig la muestra El alma de los objetos (The Soul of Objects), con más de 1.000 obras de 56 creadores de 13 países. Es la primera vez que la escena de las artes aplicadas y el diseño latinoamericano se presenta con semejante magnitud en Alemania y en uno de los museos de Artes Decorativas más influyentes de Europa.
Luján, es el testimonio vivo de lo que pasa cuando como latinoamericanos confiamos en que nuestro norte es el Sur.
Triana: Para llevar a cabo una muestra de esta magnitud, ¿cómo fue la selección de creadores para esta muestra?
Luján: Trabajo desde los 17 años escribiendo sobre diseño de la región, así que pude convocar a referentes con los que soñaba trabajar, como Heloísa Crocco o Renato Imbroisi, junto a instituciones como el Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA) y voces emergentes.
De todos modos, la muestra podría hacerse con otros nombres, porque el fin es hacer circular el paradigma latinoamericano. Cada pieza habla de la naturaleza, del origen ancestral contemporáneo o del trabajo colectivo. En febrero la exhibición viajará al Madrid Design Festival, donde articularemos esto desde la idea de celebración. Cuando me preguntaron en Alemania repondí: “Toda una vida”. El trabajo está listo, pero al mismo tiempo nunca está cerrado, porque quiero seguir sorprendiéndome y conociendo gente.
Triana: Fue un acierto llevar la muestra a un museo como el GRASSI en lugar de a una galería privada.
Luján: La diferencia es enorme por el prestigio y la validación institucional: exponer en un museo revaloriza automáticamente la obra del artesano. Además, cuando los participantes llegaron a la inauguración y vieron la imponencia del edificio, se quedaron maravillados. La realidad superó a la ficción.
Triana: Una vez que inauguró la exhibición, ¿pudiste recibir devoluciones del público? ¿Qué notaste que quizás ellos sí reconocen y nosotros no?
Luján: Con el equipo del museo logramos fusionar mi impronta latinoamericana con la meticulosidad alemana. Se nota en el color; me proponían un espacio hospitalario y terminamos acordando un naranja impactante y elegante.
El público valora la energía, pero como señala Chimamanda Ngozi Adichie sobre el peligro de la historia única: los prejuicios no son falsos, sino incompletos. Los latinos somos alegres y coloridos, sí, pero también muchísimas otras cosas. Que la prensa alemana escriba “Me llevo otra manera de hacer las cosas, igualmente válida” o “Me llevo mil historias” me emociona hasta las lágrimas. El público alemán es estudioso; se sientan con calma en la sala de videos a conectar con las vidas detrás de los objetos.

Ekeka de Cynthia Villa Soto - Topomorfose de Heloísa Crocco - Sombrillas de Renato Imbroisi
Triana: ¿Visualizás la posibilidad de presentarla en Latinoamérica?
Luján: Me encantaría. Mi prioridad hoy es que la muestra viaje por Europa (Holanda, Suiza, Francia) porque acá hay un vacío enorme de nuestra cultura. Pero llevarla a Latinoamérica también me ilusiona aunque no implicaría trasladar las piezas desde Europa, sino convocar a los creadores para producir directamente en la región.
Triana: Escuchando el seminario sobre la exposición El alma de los objetos, no paraba de pensar en Asia. Cuando hablas del alma del objeto, te das cuenta de que no estamos tan alejados en ideas y creencias; sin embargo, nos cuesta capitalizarlo, adueñarnos de eso y perder la vergüenza.
Luján: Absolutamente. Un ejemplo claro es Japón con los “Tesoros Nacionales Vivientes”: cuando detectan a alguien con un saber artesanal único, lo declaran patrimonio para asegurar la transmisión de su oficio. Nos llevan años luz.
Triana: El diseño japonés logró globalizarse, mientras que en Latinoamérica aún nos cuesta horrores esa proyección.
Luján: Es que arrastramos la tortícolis propia de los países colonizados que siempre miran hacia Europa. Por eso admiro Joaquín Torres García: “¿Tenemos tortícolis intelectual? Le damos vuelta el mapa”, me parece un acto de brillantez absoluta. Cuando empecé mi carrera, las figuras del diseño decían que el binomio artesanía + diseño era imposible. Todavía hoy combato la idea de que lo nuestro es meramente “folclórico”. Pero a un europeo no le llamas la atención con una silla convencional, le llamas la atención con una técnica, un material o una historia que desconoce.
Todas las piezas de la muestra tienen una narrativa detrás, y eso les da alma. Los latinoamericanos tenemos un ADN común: el don de arreglarnos con lo que hay. En el tercer capítulo de mi libro hablo de cómo el mínimo recurso es el máximo, la imaginación; de hacer alquimia con el mínimo. El color, el alma, los ritos, los mitos. Al final, ¿qué país de la región no tuvo pueblos originarios?
Triana: Sin embargo, se mantiene el mito de que a los pueblos originarios los borraron de la historia.
Luján: Y no es así. Sentimos cierta vergüenza de nuestra manera de diseñar, cuando en realidad aporta solo cosas buenas: es sustentable, colectiva y llena de energía. No le tengo nada que envidiar al diseño europeo; es otra forma de crear. Pero nos falta autoestima e instituciones comprometidas. En las universidades se prioriza invitar a un europeo antes que a un latino. Mi norte sigue siendo el Sur.
Triana: Vivimos en una era hipertecnológica, pero en disciplinas como la cerámica vemos una necesidad de volver a la materia y al contacto humano. ¿Cómo ves el futuro de la artesanía?
Luján: En mi segundo libro, Sobre la importancia de trabajar con las manos, hablo justamente del poder sanador del trabajo manual; cómo frena la cabeza y funciona como una meditación activa. Creo que le espera un futuro impresionante porque, ante tanta virtualidad, necesitamos volver al origen más que nunca. Van a coexistir y no le tengo ningún miedo a eso.
Pasó lo mismo cuando arrancó Internet y decían que iban a desaparecer los libros pero yo sigo necesitando comprar libros en papel. Se trata de poner en común, que es la primera acepción de la palabra comunicación. Eso es lo que hago, ya sea escribiendo o curando una muestra.

Artesol de Francisco Graciano - Máscara de Simone Verdugo - Insecta Arachnis Picta de Alta Estudio
Triana: En el seminario de la colección hablabas de cómo la artesanía funciona también como un medio para la inclusión social. ¿Qué historias te marcaron en el terreno?
Luján: Para mí la muestra no es un fin en sí mismo, sino la posibilidad de que pasen cosas. Yo soy fanática de lo que llamo “diseño ancestral”: creativos trabajando en conjunto con comunidades indígenas. Hay un país muy postergado como Paraguay, donde la comunidad aché realiza pirograbado en madera.
Invité sus piezas a la exhibición y, gracias al Instituto Paraguayo de Artesanía que hace un trabajo ético y ejemplar, se cumplió el sueño de traer a Simón, un artesano aché, a Alemania. Para que eso sucediera hubo que tramitar por primera vez el documento y el pasaporte. El impacto en la prensa de su país fue enorme. A veces hace falta esa proyección afuera para que en el propio lugar se empiece a conocer y a reconocer.
Lo mismo me pasó en Argentina con las máscaras chané. Cuando en 2019 puse el foco en ellas y las llevé al London Design Festival, de golpe en mi país todo el mundo empezó a comprar máscaras y a valorarlas. Como no se suele ser profeta en la propia tierra, llevar estos saberes al exterior logra que en casa se les dé, finalmente, el lugar y la dignidad que merecen.
Triana: ¿Cómo sentís que evolucionó tu ojo curatorial con los años?
Luján: Más que el ojo, evolucionó una sensibilidad. Mi primer filtro es el alma del objeto: conecto con la energía de la pieza porque conecto con la persona detrás. El segundo filtro es la historia; como periodista, investigo enseguida. Con los años agudicé la capacidad de verle los hilos a los proyectos: detecto rápido cuando algo es genuino. Elijo guiada por la intuición y la narrativa, y eso hace que las piezas convivan en armonía.

Máscaras Kambai-Ipa-Tobai - Máscara Coatí por Siwok - Máscara Chané por Comunidad Chané
Triana: Acabás de terminar de curar un proyecto enorme, pero ¿hay algo más con lo que sueñes hoy?
Luján: Sueño con una muestra y un libro enfocados exclusivamente en el «diseño ancestral», donde citaré en su mayoría a autores y referentes indígenas. También quiero que esta exposición siga viajando. El libro El alma de los objetos empieza diciendo que todos nacemos con un don y hay que desarrollarlo. Como decía Carlos Castaneda: “Hay que elegir caminos que tengan corazón”.
Triana: Hay voces internas que no se pueden ignorar cuando te marcan un camino.
Luján: Tal cual. Mudarme a Berlín fue un shock inicial: sentía que me hacían elegir entre el amor y mi profesión. En ese momento, mi pareja, Matt, que es mi gran sostén, me dijo algo revelador:
Triana: ¿Qué objeto conservás que tenga ese alma especial y que siempre con vos?
Luján: Una pulsera que me regaló Delia Berú, una mujer argentina exiliada en Brasil durante la dictadura que fue como una madre postiza para mí. Era la dueña de Casa 21, una tienda referente de diseño y artesanía en Brasil. En un momento muy duro de mi vida, me regaló esa pulsera con una mariposa que, a su vez, le habían dado sus amigas argentinas cuando tuvo que exiliarse. Es mi talismán. Donde sea que esté, sé que debe estar hecha una loca de orgullo por lo que está pasando con la muestra, porque era profundamente latinoamericana.
Con ella me pasó algo increíble: cuando yo era editora de la revista Barzón en Argentina, le hice una nota en su casa de Brasil. En la foto, ella aparecía con varias máscaras de fondo que en su momento pensé que eran africanas. Hace poco, buscando esas imágenes en Berlín, las volví a mirar y me di cuenta de que eran todas máscaras chané, las mismas que hoy tengo exhibidas acá.
Tengo muchos objetos de seres queridos, pero si tengo que elegir solo uno, sin duda es esa pulsera.
Triana: Muchas gracias, Luján.
Luján: Gracias a vos.
