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Hace unos días volví a una carpeta que tengo guardada en Instagram. No sé si a vos también te pasa, pero cada tanto encuentro un hilo que conecta imágenes que había guardado por razones distintas.

En este caso eran artistas que si bien no trabajan con la misma técnica, algunas usan fibras, otras fotografía, escultura o instalaciones, las tres parecían estar hablando de lo mismo: el ritual.
Y cuando digo ritual no me refiero únicamente a la religión, me refiero a algo más amplio, a una de darle sentido al mundo a través de prácticas, materiales y repeticiones. Algo que conecta lo visible con aquello que no siempre sabemos nombrar.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el arte y la artesanía nunca estuvieron separados de las creencias. Una vasija podía servir para almacenar agua, pero también para una ceremonia. Un tejido podía proteger del frío y, al mismo tiempo, expresar la identidad de una comunidad. Una máscara no era un objeto decorativo, era un puente entre el mundo que nos rodea y aquello que no se ve.

El sociólogo Richard Sennett, en The Craftsman, sostiene que pensar y hacer nunca fueron actividades independientes. La inteligencia también habita en las manos. Crear implica entrar en diálogo con los materiales, aceptar sus límites y dejar que el proceso transforme tanto a la obra como a quien la realiza.

Por otro lado, el antropólogo Tim Ingold va un paso más allá. Para él, hacer no consiste en imponer una idea sobre el material, sino en colaborar con él. El barro, las fibras, la madera o el metal no son superficies pasivas esperando ser moldeadas, sino que proponen. Crear, en cierto modo, es aprender a escuchar.

Ahí es donde el ritual vuelve a aparecer. Porque un ritual, en el fondo, también es eso, una forma de relación con lo que no se controla del todo, pero a lo que le damos significado.

Quizá por eso tantas prácticas artesanales tienen eso de contemplativo. No porque requieran creer en una religión, sino porque exigen algo que hoy escasea, la atención sostenida.

El filósofo Byung-Chul Han dice que los rituales crean continuidad en un mundo obsesionado con la velocidad y la novedad. Son actos repetidos que organizan el tiempo y nos ayudan a construir sentido. En una época donde casi todo está diseñado para ser consumido rápidamente, dedicar horas a tejer, modelar barro, bordar o tallar madera puede convertirse en una forma de recuperar otra relación con el tiempo.

No creo que el auge del craft tenga que ver únicamente con la nostalgia por lo hecho a mano, creo que también existe la necesidad de volver a formas de experiencias que nos hagan sentir humanos.

Pero vayamos a las artistas que nos traen sus rituales hoy:

1- La ritualizad de Brasil por Gaïa Farcy

Gaïa es una artista francesa que llegó a Brasil inesperadamente por la pandemia, y terminó echando raíces en Salvador.
En su obra aparecen criaturas amuletos. Son formas híbridas, ambiguas. Empezó a crearlas en papel y luego en pintura, pero fue el encuentro con la cerámica lo que les dio otra dimensión. Al pasar al barro, esas figuras ya ocupan volumen, cobrando otro sentido, entrando en diálogo con la religiosidad brasileña, con el candomblé y con tradiciones indígenas donde lo espiritual no está separado de la vida diaria y cultural. ¿Qué pasa cuando dejamos de ver los objetos como cosas aisladas y empezamos a interpretarlos como condensaciones de tiempo, identidad y territorio?

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2 - Maïmouna Guerresi y la fotografía como puente a lo sagrado

En un contexto atravesado por lo inmediato, el trabajo de Maïmouna Guerresi nos llama a mirar un poco más allá de la imagen. En sus fotografías, lo cotidiano deja de ser solo cotidiano, algo se abre, como un portal que nos saca por un momento de la realidad hacia algo más simbólico.

Guerresi es una artista ítalo-senegalesa que trabaja entre la fotografía, la escultura y el video, tomando como referencia el sufismo islámico y la tradición de la hermandad Muridiyya-Baye Fall en Senegal. Esa influencia no aparece como cita literal, sino como una atmósfera que atraviesa toda su obra. Sus imágenes, retratos en sentido clásico, se transforman en escenas suspendidas, donde las figuras parecen estar entre planos, el humano y el espiritual.

En obras como Aisha in Wonderland, recurre a símbolos antiguos para hablar de identidad, feminidad y pertenencia, sin caer en simplicidades. Su trabajo insiste en abrir preguntas más que cerrarlas.

Y aunque nace desde lo espiritual, también toca lo político. En piezas como Swing (2019), aparece una mirada sobre el exceso y la crisis ambiental, mostrando que lo simbólico también puede dialogar con lo contemporáneo.

En conjunto, su obra conecta lo espiritual, lo cultural y lo político, y propone una forma de mirar menos centrada en el yo y más abierta a una experiencia compartida.

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3 - La Archi-textil de Séverine Gallardo

Esta artista textil francesa trabaja desde su hogar en Angoulême esculpiendo lo que ella denomina "Archi-textile", una exploración visual de la arquitectura interior de la mente. Sus piezas, tocados impresionantes o parures de tête, actúan como estructuras que intentan dar forma física a lo que crece y florece en nuestro cerebro, buscando conectar con la inocencia y la indeterminación que llena el alma. Si nos preguntamos qué forma tiene nuestro jardín mental, la respuesta de Séverine se encuentra en el ritual repetitivo del hilo.

Fue su abuela quien, en una aburrida tarde de lluvia, le enseñó a tejer a ganchillo, transmitiéndole no solo una técnica, sino el amor por el contacto directo con el material y la meditación implícita en cada movimiento.
Además su enfoque se nutre de una profunda inspiración sacra, traduce la arquitectura de iglesias y catedrales en paisajes textiles complejos.

A pesar de la enorme sofisticación de piezas, Séverine mantiene la creación como un territorio sagrado, libre de la urgencia de la producción. Durante el día enseña y por la noche, se hace el espacio para experimentar sin exigencias comerciales. Ella misma insiste en no perder nunca la alegría de hacer lo que una ama, y si el mundo se interesa después por el resultado, eso ya es un regalo.

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